Montaña San Jacinto
La idea de un desierto fue un estereotipo de paisaje que basado en arena y calor, me había hecho ignorar la riqueza, la profundidad y lo exuberante que habita en él. Conocer el desierto toma tiempo. Lo primero que te abraza visualmente es la nada, es lo inmenso del espacio arenoso, luego se asoma la vegetación prodigiosa que sabe sobrevivir a semejante sequía y por último sus misterios. El desierto tiene muchos misterios.
Debo confesar que antes de los Médanos, mi contacto con el desierto no había ocurrido, de pensar en las noches de Arabia, en los camellos y en Aladino, jamás llegué a suponer que por años el desierto sería mi hogar. Que anhelo que lo siga siendo por siempre.
Que… me enamoró. Que en él he recogido fragmentos de mi que olvidé, que construí una nueva vida entre fuertes vientos y abrasante calor. Que aprendí a ver la lluvia como algo extraño y que el cielo de California jamás cubre los rayos del sol la mayor parte del año en el sur.
La fauna propia del lugar es otra de las cosas que con los años he ido descubriendo. Existen los correcaminos y los coyotes, que los primeros son unas aves bien particulares y los segundos son muestra de realidad de donde se está… en un desierto.
Llegué a este valle sin saber quien era, sin saber que iba a ser de mi hace algunos años, pero hoy, aunque sigo sin saber a ciencia cierta a dónde voy, sé que este es mi hogar… Porque el hogar es donde está el corazón, y el mío está en este desierto.